HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ha llovido mucho. Ahora el café, el silencio, el crujido de las escaleras en el olor extinto del tomillo que la abuela se llevó entre sus zapatillas a la tierra inhabitable del Sol. Ella se fumó desde lo lejos, el devenir de los álamos que me alientan en las horas sin las horas. Generosa, vació los cajones, no pidió memoria, no dejó últimas voluntades. Ella me sabía payasa en el drama y en la tierra, irracional, irremediable, me quería así, ya las dos viejas de no hacer apaños. Ella protegía mi juventud y mi anarquía, mi tara, mi fe, con sus manos siempre abiertas. Mi abuela y yo, estábamos siempre peleando, yo para ella era una oveja negra, atentaba contra sus ideas religiosas y morales, contras las formas y el qué dirán que para ella alguna vez fueron tan importantes en el pueblo. Atentaba contra la idea de lo que debería ser y hacer una mujer. Contra su sentido común, contra su idea de la honradez, de la legalidad, de la existencia, del bien y del mal. Y sin embargo yo adoraba a mi abuela y ella a mí.... ella me enseñó a perdonar, a querer en el naufragio, a pasar de to quisqui, a reir contra el miedo, a comprender heridas y viejos secretos que la gente guarda tras el pellejo, a mirar más largo el tiro, más profunda la huella, a mirar más ojos en los ojos, a bailar el dadá. Ella me decía que yo era una pecadora, una zarrapastrosa, una chiflada, a veces me decía que era una sinvergüenza, que no sabía hacer nada, que era muy mala, que sólo quería a los animales, que a ellos no les quería... y sin embargo siempre me despertaba la ternura, y la risa.  Velaba en secreto el Nunca Jamás, ella no sé si alguna vez comprendió los motivos que me hacían quererla y a mí me costó mucho tiempo comprender el modo en el que mi abuela me quería. Yo la obligaba a que echara a un lado todo lo que fue alguna vez para ella la vida, el legado de sus propios padres, sus costumbres y que mirara al monstruo y lo amara. Yo era también cruel con ella, irónica, punzante, surrealista, me gustaba escacharrar las paredes y sacar culebras y ratas, me gustaba cuando mis abuelos tenían miedo, cuando estaban enfadados, cuando rezaban, cuando gritaban, cuando se ponían en estado de excepción. Me gustaba inventar historias que atentaran contra la lógica y ver entonces que humo nos salía por la ventana. Me gustaba hacer bromas esdrújulas que sacaran afuera los anacolutos y los fantasmas. Tal vez, aprendí a hacer eso con mi hermano. Cuando éramos niños nos protegíamos del dolor depresivo y agónico, cortante y neurótico, de nuestra familia, avalanchándonos hacia ello. Nos hacía reír cuando ocurría algo malo. Nos hacía reír el dolor de nuestra familia, su forma de llorar, su forma de ponerse serios, de pelear unos con otros. Aprendimos a tener un humor macabro. A forzar a las situaciones hasta el extremo. A poner a prueba el amor de nuestra familia, a través de todo el mal que pudiera ocurrírsenos, a buscar sus límites y sobrepasarlos cada vez una puerta más. Nos gustaba provocar situaciones donde nuestra familia se enloqueciera, para divertirnos, para entender la atmósfera y la vida.
Creo que la pérdida de mis abuelos, me arrancó un cacho de aquella fe dadá. De aquél optimismo del esperpento y el caminar sin miedo a nada, la risa del pozo, el explotar de una música de ayahuaska. Ese amor tan preñado de hachís y luna... que teníamos en nuestro petit comité.
El velorio de mi abuela.... fue representativo también de aquél dadá secreto. Fue surrealista. Fue extásico. Fue muy triste y muy opiáceo. Yo le di mucho vino a mi abuelo en la comida para que se calmara. Pero al volver se puso mucho más perturbado. Y acabó representando una extraña obra de teatro, un monólogo, tan surrealista, tan desesperado, tan decadente y auténtico, tan romántico y vencido, tan febril, tan ilógico, tan subido de tono, tan sangrante y exagerado. Que a mí me entró un ataque de risa que no pude contener. Mi abuelo nada más que entraba gente a darle el pésame, empezaba su debacle. Echo a veces tanto de menos al piar de mis abuelos, a sus rinocerontes y puercoespin, a sus pez espada y cardo, a sus invertebrados y osos y ballenas. Echo a veces tanto de menos, a la que yo era, cuando ellos estaban.

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