HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hablé con él. Al pio pio. De lo cotidiano. De lo mundano. De lo que vaga. Me dijo que le pidiera a la lluvia que no lloviera que mañana venía. Le dije que además mañana por la noche tenemos que ir a cambiar palos de sitio. Me dijo que no se me podía dar ninguna idea ni decir nada. Le dije que hay ciertas cosas que son irrestibles y que no se puede decir nunca que no una vez que son oidas. Le dije que me hubiera gustado ser su amiga, a los 14 o 15 y me dijo que yo pegaría mucho en su grupo y me habló entonces de su pasado. Me dijo que vendría a la tarde. Le dije que así me da tiempo a limpiar algo la casa, aunque él asustarse no se va a asustar. Me dijo, ya pero lo haces para luego no tener que aguantarme.  Y seguimos así un largo rato. Luego le dije voy a escribir un rato. Él dijo yo voy a hacerme otro café que éste era descafeinado. Y yo voy a tomar otra cerveza que ésta era sin.

Nosotros somos buenos colegas. Pero somos muy retorcidos amantes.

Hoy estoy algo taciturna. Algo asilvestrada de las ruinas de un bodegón. Últimamente siempre tengo un trago en el escritorio. Un cuervo en el retrovisor. Un perro robándome el corazón. Una bandera quemada hondeando los balcones. Un bolsillo roto. Unas zapatillas sucias. Una agenda destruida. Un reloj que se paró junto a los dinosaurios. Un motivo que se quedó varado en el 36.

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