HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He dormido. Necesitaba descansar. He vivido muchas emociones. Cambios bruscos. El incendio de ciertos caminos.  Y el lenguaje poético todavía no había llegado. Cuando asimilo lo que me pasa, es cuando llega la poesía. Todo eso escarbó en mis tuétanos y sacó afuera mis sombras y mis deseos, mis heridas y mis latidos. Y nada aún se ha reposado. Viví durante unos días, el fin de la historia con él. Los puntos suspensivos que luego pusimos, me saben mucho más extraños y antagónicos. Porque adentro mío se quedó el portazo, se alargó la brecha, se armaron los motivos del jamás. La bipolaridad de ciertas de mis criaturas se extremizó caóticamente. El amor que le siento, junto a la distancia que le siento, la pérdida y el sueño de los pájaros, agitó en mi pecho, la salpicadura de lo improbable, indefinido y distante. Algo irracional, enyerbado, gaseante. Una canción de locos. Algo que a la mitad te mata.

Algo que también me afectó fue que me dijeran que tenía un problema con el alcohol. Lo que yo sentí, un extraño precipicio y sensación de desamparo y de infierno. Y sin embargo ayer no probé una gota, y no tuve angustia, ni síndrome de abstinencia ni ostias. Aunque es bueno que pare. Tal vez fue bueno que me hubiera asustado para bajar el ritmo. 

Sé que mi vida en estos últimos meses estaba muy tronada.

El conflicto con él es algo que no se ha arreglado. Porque nuestro conflicto, somos nosotros cuando nos juntamos. Es nuestra historia. Nuestro no destino. El reencuentro no llegó al esqueleto. Fue algo improvisto, caprichoso, ninguno de los dos, caminamos hacia el otro. Fueron las circunstancias de la tía de él la que nos unió en el mismo bar.  Y al pio pio, empezamos a bromear, a jugar con las palabras y los hechos, como dos perros. Y esa mecha de alegría expresionada y vagabunda empezó a encenderse. Cuando nos pusimos frente a frente, salió el anacoluto de la gasolina. Él seguía enfadado por la lesión que le hice.  Aunque creo que por primera vez yo le hablé de ciertos sentimientos que le tenía, aunque fueran camuflados como enunciado transitorio, como zapato del verbo, como justificación del delirio de la hoguera. Pero todo se quedó en el aire, como un gato negro que se despeña. Sin la certeza de "puedo contar contigo". Sino la entrelínea. La empatía de las bestias. Él creé que tiene muchos motivos para estar puteado. Y por su orgullo, quiere mantener un cacho de pólvora, de distancia y advertencia hacia mí. Como él es alguien violento y apasionado, y que resuelve los conflictos con fuego, porque de lo asertivo no tiene ni una gota.  Creo que se quedó dentro con rabia,  porque esa noche era yo más violenta y más lunática que él. Creo que en algún momento deseó pegarme un puñetazo que se le quedó reprimido dentro. Y por eso, seguía enfadado. Y su enfado, a mí me dejó la brecha de mi niña perdida y de la antagonia contra él.  Y también un deseo reprimido de pegarle, de insultarle, de arder al fuego y que todo se fuera a tomar por el culo. Algo que yo ahogué bajo el amor que le siento y el deseo de su compañía y su risa. Como yo reprimí también mi violencia y mi rabia. Me quedé echa polvo y contradictoria. Me sentí en la deriva. Con una antagonia. La de explotarlo todo y que nos lleve la rechingada. Y la de quererlo todavía nuestra migración de montes y venados.

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