HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He escrito mucho sobre el trauma. A veces con su herida escondida entre poemas que coagulaban o explotaban, a veces con la prosa y sus análisis, tan lentos, tan aburridos. Y creo que las palabras no sirven de nada. Lo único es el embrujo que ocurre en el presente, cuando uno se patina y se avalancha, más allá del cadáver que nos sujeta, cuando uno no sabe que va a ser feliz, sólo vive. Cuando se suceden atmósferas similares a aquellas que generaron la herida, pero no se sabe, sólo hay tiempo para bailar y el baile crea un desconocimiento que nos revive.
Yo no creo que los traumas sean siempre un cuervo de la muerte en los hombros. No creo  tanto en la hechura ni en lo objetivo, para hacerlo determinante de nada. Pero sé que también hay un sumidero de todo lo vivido que hace ecuaciones con los significados más allá de nuestra conciencia y nuestro deseo. Va llenando los estantes de su biblioteca, ebria del caos y del rizoma. Con libros de muertos y accidentes, con libros de petricor y corales, con huecos y cantos. Y ese sótano a veces ebulle y echa afuera vete a saber qué sinestesia posesiva. Lo vivido deja una sombra. La sombra es poética y oblicua. Pero es también manipuladora de la carne cruda que cantó a los lobos allí atrás. 
Yo antes tomaba a mi identidad como un papel en blanco donde escribir sólo lo que yo quisiera. Me tomaba como un laboratorio de amanitas.
Ahora no sé si es que soy más vieja o que ando por caminos de polvo y brasa, pero empiezo a asimilar que hay ciertas estaciones de la cochambre que se abrirán de vez en cuando para mis trenes. Que hay ciertas heridas que se quedarán sangrando bajo el rayo de luna. Que hay cicatrices que me harán de caligrafía sobre la mesa de la taberna o esa senda de barro cerca de tu olvido. Que hay pérdidas que volverán a perderse una y otra vez. Rarezas que se enrarezan. Mendigas que suplicarán su vino. Ahogados en mi Sena, con la misma carta de amor en sus pulmones de algas y tierra. Que hay ciertas curvas que transformaron el poso de mi vaso y de mi grito, y que inevitable caeré en sus lodos y en sus nubes. Que todo lo vivido, alimentó a un muerto y a una niña y a un mono y a un pez y a una bala y a un río y a un silencio, dentro de mí. Y que su desorden endémico provocará música cubista al capricho de Marte.

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