HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He ido al monte. Me picaron la de dios de mosquitos. Rodé en la hierba. Ansiosa de libertad. De romper las cuerdas de mi voz. De sinestesiarme con la tierra flotando en el cosmos. De explotar de un vuelo. Algo muy visceral se me derramaba en un grito contra el cautiverio, contra el capitalismo y el silencio y la costumbre y el pasar desapercibida, oculta, con los ojos clavados dentro. Me urgía tomar un vuelo. Romperme entre los dedos de la hoguera.

Las cicutas estaban en flor, frondosas y chillantes.
La hierba me llegaba casi a la cintura.
Olía a vida y aullido.
A búfalos que atacan cuando están heridos.
A pergaminos de amanita rascando las piedras.

Él viene mañana.
Pero a mí ya no me sacia que acabemos ardiendo hasta el delirio entre nuestros cuerpos y enviudando la urgencia de fuego del acto y de la palabra.
Aunque sé que lo haré y lo desearé también mil mundos.
Pero es mucho más dentro del fuego, lo que dignifica la vida. Mucho más profundo, más abajo, más de otro planeta, de renglón de la lejanía del mar, del tajo del amanecer en la noche, de rebeldía, de legítima rabia y liberada pobreza. De revolcarse contra la contaminación y las heridas inútiles del sistema. Las heridas que gangrenan la costumbre del olvido y de la indiferencia. Las que nos inoculan cuando aún tenemos blando el cráneo y atizan durante toda la vida, como si es que ella, ya no pudiera cantar la libertad y todas las estrellas.
Por la juventud que quisieron arrebatarnos metiéndonos en el mercado y en el país.
Por el grito de dignidad que aún está llorando en las cunetas.

Me urge la expresión exibicionista de mi hambre, de mi oscuridad, de mi memoria. El nudismo del monstruo. El placaje de los animalarios y el aire. No sirve con la belleza. No sirve, un ideal. Es urgente dejar caer en el suelo todas las máscaras y prender la hoguera. Abofetear el silencio. Hacer lo prohibido. Volver una rebeldía la forma de vaciar las manos y abandonarlas en la tierra, acariciar al muerto, a la piedra, al agua, al hermano y al enemigo.

Sino nos morimos, nos asfixiamos, nos enfermamos, caemos sin voz en la bruma.

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