HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He ido por ahí con el perro, al principio estaba enfadada, me dije en voz alta, todo la historia de un borracho. Tenía ganas de llorar y de dar patadas. Sentí el precipicio rebotándome los tambores que seguía. Pero después sonó una canción sobre un vagabundo, y empezó a amarse en mí la sensación de armonía, el amor, la alegría de vivir, aunque se viva en medio de la nada. Empecé a sentir que mi pasado encajaba como anillo del dedo del muerto al de Maquinavaja. Y me sentí en paz. Sentí que mi historia con Yos, con el monte, con la cucaracha de Kafka, la hoguera, el cantar de Diógenes, el vino tinto, la ruina, la pasión de los perros, el Fauno, el manicomio y la Vía Láctea, era totalmente coherente, con mi corazón. Me sentí por un segundo una jodida santa debajo de los abedules, encima de los charcos, entre la mierda de las vacas y la cochambre del s.XXI. A la fe de Léolo. A la obstinación de los escacharrados esdrújulos amantes de la luna. En paz con mis harapos, con mi suciedad, con mi andar curvo de noche que abre sus piernas, con mi caer de carámbano y de escombrera, con mi subir de grillo y de vapor. Con mi cantar desarmónico, con mi pobreza, con mi suburbio, con todas las estrellas.

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