HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He ido un rato al monte. Había un paisaje muy bello, húmedo de la tormenta de ayer. Había un fuego de vida que descorría extrañas fronteras en mi pecho. Una sensación poética y abisal que en la naturaleza recuperaba el viento. Algo muy vehemente y despeñado, algo muy sutil y desamparado, algo con el corazón de una flor y de la huya. A él lo veo en todos los sitios. Nos amamos en todos los sitios. En cada prado, en cada cumbre de éste pueblo. Recorrimos las noches como dos venados retorcidos, como el retumbar del opio, como la última brasa que quedaba en el trago y en la fe. 

Ahora otro mundo empieza desde las ruinas.
Todavía llevo las botas puestas de aquellos caminos de sangre y opio.
Voy derrochando su memoria.
Algún día se acabará. 
Llegará hasta el fin de la mar. Y los olivos, como gigantes abrazarán cuervos en los labios del Sol.

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