HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hemos encontrado un lugar al lado del río, protegido por arbustos y árboles que tiene sendas de jabalí que hacen como laberintos y adentro un claro en forma de círculo mágico. Allí nos pegamos una vez, y nos amamos muchas más. Allí nadie te ve. Ni tú mismo.  Allí vamos hacer la hoguera. Yo estos días por el monte he encontrado mucha leña. Queremos hacer una hoguera que aguante hasta el alba. Que ilumine la piel y la ausencia. Que caliente nuestros cuerpos desnudos al cabalgar de astros que no dirán nuestros nombres. Amo quedarme perpleja y ausente mirando el fuego. Crepitarme, darme una vuelta de campana, olvidar todos los siglos y civilizaciones, al chasquido del fuego. Enamorarme, excitarme, renacer, cruzar lo caduco y lo peremne, del dolor, del blues, del amor y de la nada. Hacer el amor con los ojos clavados en la hoguera, con la luna encima. Como si fuera al fin él. Como si no importara que jamás lo fuera. Amo conducir el fuego, arquitectar su esqueleto de madera, darle un brazo, un remo, una cresta, una navaja. Amo verle a él iluminado por la llama y oscurecido por la noche, con su olor a hachís y a cementerio, con su iceberg y su lago, con el beso de amor que ya no tiene dormido entre las brasas. Con su violencia y su zen, mezclados en la órbita de la hoguera. Cuando más lo he querido ha sido al lado del fuego. Al lado del fuego, siento mucho más vibrante la desnudez, el sonido, el vino, el olor de la naturaleza, más crujidas las estrellas, menos naufragados los naufragios, menos determinante la muerte, más abiertas y cubistas las huellas, las palabras, las lágrimas y la caótica alegría de vivir.

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