HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy es un rollo de mañana. Tengo que ir en bus a la ciudad para ir al dentista. Y volver lo más rápido que pueda. Quiero quitarme todo eso de encima y quedarme en el monte a pierna suelta. Necesito construir mi intemperie al crujido de la luna. Volver a entrar al poema y al beso de los chopos. Vivir con el alma por fuera. Creo que he estado muy convulsa y neurótica del silente del fuego. He subido y he bajado muy rápido en las periferias de un mirlo y de un agujero. Con él, es lo mundano, es el hedonismo, el exceso, la venganza de la eterna juventud y el hachazo al porvenir. También la brecha que migra, el grito que retumba en la maleza, el gemido robado a los árboles de la noche. Mi poema anda por ahí solo, cada vez más extravagante y piojoso, cada vez más sanguíneo de la grieta y la patada, de las cuerdas vocales limando el roer de la llama. Ando en la hambruna y en la fiesta, en el sinsentido y en la música, en la fe y en el declive. Él alimenta en mí la indigencia. El ansia del fuego y del olvido. La moratoria de las tabernas. El derroche. La quema del norte. Porque nuestra historia, es la historia de una naufragio paria, enardecido, amante. Porque no es la historia de un camino. No es un puerto. No es el sueño del amor.  Somos dos extraños que besan la aurora boreal con un alijo de huesos en la recortada. Todo se mueve. Nos movemos con la crueldad del tiempo que no se asimila, de los años que no drenan, que no explican, que no se quedan ni devuelven. Pájaros extraviados de un sueño muy lejano y muy ardiente. Heridos del amor, con la patria asesinada en la risa de los peces.

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