HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy he recuperado el tono. Me faltaba en el corazón, mi viejo. Ese echarnos un vino, contra la muerte. Ese poner sobre la mesa, todos los cadáveres, los gritos, los abismos, callejones y prados y mares. Y sorberse a un tiro la poesía. Y hablar de lo irreductible. Y sentir entonces, la sangre, la verdad, el blues. Avalanchar el bajo fondo de lo que mata, y apurar su cigarro y tocar su guitarra. Mi viejo y yo, nunca nos contamos mentiras ni cuentos, sobre lo importante. Siempre hablamos de la miseria y de la muerte mirándola a los ojos, tomándola ballet en los desarmados brazos. Y que él y yo, hablemos igual de la suya, de la mía, de la de la fe. Me devuelve todo la sangre. 

Mi viejo es un poeta que nunca tuvo tiempo a escribir.

Él y yo nos parecemos mucho. En la forma kamikace de sostener el vaso, de tirarse a morder o a morir. En la forma de amar. De mandar a la mierda. De echarse a los dados y a las timbas y a la luna. En la forma de mentir. De reír en los velorios. De entregarnos, de amotinarnos. De caer. De callar. De ir por ahí de payasos y de alcohólicos, de estafadores y mendigos. De llorar, de odiar, de creer, de no tener camino ni hogar. De tener atrás, los leteos, y tumbas abiertas a puñaladas mojándonos cada noche los ojos. De tener delante, sólo el fuego. De reír aunque no quede nada. De hablar de lo inconveniente. De ser insolentes, héroes de callejón. De ser, dinamita y pobreza. De destrozarse por dentro hasta el desierto y no decir nada. De andar ahogados de existir pero amar todavía algo que tal vez nunca ocurra. Y no renunciar. Y ser, maestros del humo, inversión del azar y de la luna.

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