HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La idea del amor se ha vuelto un baile de gasolina en la extralimitación de los sentidos. Cuando los pies no hacen tierra, cuando las palabras no filtran la hondura de las tumbas ni la anchura de la mar. Yoseba ha sido LSD en mi paria andar. Ha sido una barricada de olor a goma quemada y cadetral que se hunde. Ha sido, punk, escepticismo, declive enamorado, sucia y sanguínea pasión. Ha sido el final definitivo de los poemas de amor y del matrimonio. Ha sido el alzar de los perros sin domesticar. Con él, mi soledad, tiene mil grutas, mil botellas, estrellas en extinción, enjambres de agujeros del cielo, demasiado vino tinto, demasiadas noches sin alba y sin rumbo. Nos buscamos, nos rejuntamos, pero siempre estamos separados. No sé si es que nos unió el éxtasis del fracaso, del bandoneón, del hambre, del hedonismo y de la fiebre de la luna. Que no teníamos absolutamente nada mejor qué hacer. Nadie mejor para desangrar un canto, para desgañitar el corazón, la rabia, los años. Si es que a ninguno de los dos, nos quedaban orillas. Creo que mutuamente asesinamos la fe del amor del otro. Lo hacemos ebrios de placer, derretidos de ternura y de olvido. Hambrientos del paraiso. Pero inevitablemente horadamos juntos un callejón que nos reviste de la nocturnidad de los que ya no tienen mundo. Y esto tiene efectos secundarios. Cada vez tenemos menos cosas que tirar al río, y muchas menos que dejar en la tierra.

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