HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Llueve. Todavía estoy medio dormida. Busco las palabras. He sido feliz con mi viejo. Me he dado cuenta hablando de circunstancias para mí olvidadas. De historias muy largas. De núcleos semánticos y sanguíneos de la familia. Y al hablar, también se dilucitó en mi víscera una atmósmera que profundizaba, mi grito y mi forma de ir. Quiero irme con él, un tiempo por ahí, a la mar o al monte. Me reí a carcajadas. Lloré. Comprendí silenciosamente algo de su trama y de su manera de mirar a la muerte y de hablarme de ella mirándome a los ojos.
También sentí que yo andaba muy perdida. Que había soltado todas las riendas. Que me daba tanto pavor perder a mi padre que me había ido de su lado huyendo. Que me quedaba al vapor de un poema expresionado, del hedonismo con Yoseba, del anticamino, del no forjar nada, del vivir de pura casualidad. Le dije, yo últimamente ando perdida, ya no pienso en nada, ya no busco, sólo me da la cabeza para gestionar cinco minutos de delante. Él me dijo, bueno no está mal, yo ando con 3. Y luego me dijo que siempre podría hacer como mi abuelo e hizo una broma de golpearse la cabeza contra la mesa que era algo que una vez hizo el abuelo. Y reímos hasta llorar por los ojos. 
También hablamos cosas mucho más graves, con el corazón puesto en la mesa. Y descubrí cuánta falta me hacía mi viejo. Porque él tiene una forma de adentrarse en la oscuridad y desnudarlo todo, clavarlo todo, para él la verdad es inevitable y se punza sobre ella, aunque sea la que es cruel, aunque sea la que nadie quiere oir ni recordar. Por eso también conoce el sufrimiento. Tiene una forma de gestionar el abismo, con humor negro y cierto alcoholismo y extremo existencial, con la entereza de lo irreductible. Por eso al hablar con él de lo grave, mi lenguaje, mi mirada, se vuelve más cierta. Y los enunciados se reducen a un verbo de fuego. 
También bromeamos de cosas leves hechas de viento. Yo le dije, todo el mundo cree que soy una vaga, pero la escritura implica mucha dedidación, si me dedico a la escritura no tengo tiempo a casi nada, sino tuviera ésta vocación, seguro que para hacer algo con las horas, haría otras mil cosas, y dijo él, "incluso trabajar o cosas mucho peores"
En algún momento, cuando le pedí uno de sus cigarrillos y estábamos tomando una cerveza después de cenar, él me dijo, ves que éste cigarrillo tiene dos boquillas, pues ahora, bueno no te lo cuento que te vas a poner triste. Y yo, no, no, cuéntamelo. Y me dijo, pues antes las guardaba para los cigarrillos de liar, pero como tenía ya muchas, ya no las guardo, porque pensé que cuando muera luego os iba a dar mucha pena verlas y pensar, mira estos eran los cigarrillos que se había fumado papi. A mí eso me llenó de lágrimas los ojos durante un segundo. Y luego le dije, yo no concibo la vida sin ti. Yo ya he vivido demasiado, tuve amor, tuve guerra, tuve miles de historias.. Y si hoy estoy viva es porque tú estabas allí atrás. Él me dijo, hija, tú amas mucho la vida, además te van a necesitar tu hermano y tu madre, porque ellos son débiles, van a necesitar tu fuerza, tu alegría.

Y es verdad que si mi viejo no hubiera estado, yo ya hubiera muerto. En aquél pasado de nitroglicerina y absurdo y locura, sólo mi padre, tocaba mi corazón y mi esperanza. El resto de mi familia me llegaba como un profundo dolor. Y es cierto que yo no concibo la vida sin él, por eso desde que sé su enfermedad yo sólo puedo vivir sobre el absoluto presente y su deriva, fuego y humo.
Aunque creo que tengo que volver al campo de batalla. A buscar el barco que quiero seguir. Y no embriagarme por todas las olas. 

Cuando mi viejo estaba en el patio, dijo, coño ese árbol representa del todo lo que fue ésta casa, está del todo podrido por dentro, tiene hay unos parches del arquitecto a punta y martillazo (el abuelo), un muñeco diabólico que puso el poeta y va a caerse en cualquier momento. Eso me llenó de alegría y éxtasis. Me carcajeé a morir y le dije ostia eso lo tengo que escribir en el blog. 

Mi viejo dio de pleno. Nuestra casa estaba podrida por dentro. Había una sombra del esperpento, de la estupidez, del sufrimiento por el sufrimiento. Mi familia materna, no amaba la vida, no reía, no jugaba, estaban enganchados al drama, a la muerte y querían que todos acudieran al mismo velorio, por una sombra también mucho más larga, de una guerra que arrancó los motivos para vivir,  la guerra perdida, que dejó en todas las tierras de españa, sólo los frutos de lo muerto y de lo podrido, fusiló a todas las flores, fusiló a toda la esperanza. 

Yo había olvidado, el dolor que alguna vez conocí en mi casa. Porque yo soy como los pájaros, amnésica al tambor del opio. Pero esa sombra, a mí nunca me olvidó.  Sé que por ella, a veces soy muy fría con mi madre. 

Mi viejo también me dijo, nosotros os hicimos mucho daño a ti y a tu hermano. Os arrancamos vuestra furia. ¿te acuerdas aquella vez que te pusiste a atacar al alcalde y tu madre te tapaba la boca? A base de golpes os quitamos vuestra alegría. Mi viejo habló mucho de mi hermano. Mi hermano es una espina de fuego clavada en su corazón. Mi hermano sufrió mucho de niño. Mi hermano jamás habló con nadie, ni habla con nadie, de su sufrimiento. Mi viejo dijo, la mente se defiende con la sublimación, pero ese dolor se acaba expresando de otra forma en el inconsciente. 

Yo le dije, que todas las personas, tienen una sombra, todos nacen a la mitad en una tumba, todos somos jodidos por algo de lo que no somos responsables, pero la vida es más fuerte y abre camino.

Noté en mi interior hablando con mi viejo del pasado, al principio, un deseo de que callara, de cortarle, de decirle no me hables de cosas tristes, no me lo recuerdes, el pasado ya no se puede cambiar... pero luego comprendí, porqué eran tan cercanos para él ciertos momentos del pasado. Porque habían sido dinamita sin cicatrizar que aún retumbaba en todos nosotros. Yo lo había olvidado todo. Porque yo me fui con el Fauno. Pero aquella sombra continua y mi padre la ve cada día. Yo no, porque yo me largué a vivir al monte, y quise anestesiarme con poesía, cerveza, hedonismo y metafísica de los árboles. Porque yo quise dejar de mirar. Pero mi viejo habla con la muerte y con todo lo que ha sido.

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