HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto algo suspicaz. Últimamente tengo sueños tristes y no los recuerdo casi. Cae el orbayo y hay una niebla muy hermosa encima del monte que asoma expresionadamente la silueta de los pinos.  Creo que últimamente pienso peor y tengo menos fe. Necesito tirar las paredes, levantar el corazón. Ayer hablé con él a la noche, y fue un rato muy hermoso. Creo que lo amo, y sé que esa es mi desgracia. Porque cuando yo amo, me vuelvo una idiota. Cuando amo, a él, lo siento un héroe, una milicia de cientos de hombres, algo muy lejano al que no puedo acercarme como un hombre. Y yo me siento aquella que se irá siempre sola, la despedazada cantaora de hogueras nómadas y mortales. Cuando yo amo, Franquestein me sale en estampida por todos los poros, diciéndome que hemos perdido hace ya mucho el amor. Cuando amo, sufro irremediablemente, el luto del amor. Porque es algo patológico a no sé qué poema quemado en mis venas. Cuando yo amo se jodió la fiesta. Se hizo demasiado grave, entrañada, a vida o muerte, a revoltijo de balas y cráneos y blues y mares de magma y desheredados caminantes sin mundo.
Yo no debería amar, nada más que como las tabernas y las luces de san telmo, los cuervos y las olas, el petricor y el sonido de las hachas en el amanecer, las pisadas sobre la nieve, la cerveza, el sexo, una canción punk rompiendo adoquines y matando neuronas.
Pero en el fondo soy una romántica suicida. Trato de camuflar y ahorcar esos sentimientos. Pero debajo de mí, cuando estoy a su lado, explotan sobre un papel vacío sujeto por la mandíbula de la hoguera. Y entonces soy la persona más débil de la tierra y la más desgraciada.

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