HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Necesito reír. Levantar el corazón y romper el vaso. Salir de mis límites kamikace, llena de fe. Hacer lo que me pica, sin síndrome de utopía ni de consuelo, ni de hogar, ni de he llegado. Volver a creer del todo en el fuego.
Creo que he ido acumulando en el borracho de mi piano, viejos tangos del pozo sin fondo.  Una zorra seriedad del quebranto. Algo que tal vez, también empezó con Yoseba, aunque fue una urdimbre equivocada de múltiples cenizas. Tomarme demasiado a pecho, el cuchillo de la vida, de mi sombra, de mi destierro. Preguntarle al amor algo que no teníamos. Caer vencida de espaldas a él. Perder el cubismo. La avalancha. El estrépito. El anuncio del orgasmo. Andar por ahí más triste, más hacia dentro, más sin nada, sin mí, sin la poesía, sin creer en mi palabra, sin creer en mi silencio. He andado entre suelos resquebrajados. Preocupada por el sin sentido que me prende brasas en el astro al que olvido.
Y en el fondo no son las circunstancias. No es lo que hay o lo que falta. Es la actitud. Sólo es la pasión del fauno. Esa chispa que revive a los muertos y los embriaga de luna, aunque se camine de alcantarilla sobre los hombros.
Es defender la risa con los huesos y con las tumbas, con la muerte que nos mira, con la que nos ganará, con la casa que se hará leña mojada, con el amor que se irá por la bruma. Es defender la puta vida, con lo que la vida nos ha robado, frotarlo en su mechero, echarse al mar y a la hoguera y que se joda el Sol y lo que dijeron todos los vivos y lo que callaron todos los cadáveres.

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