HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Por mi cordura, debo mantenerme alejada de mi familia. Con un canción migrante y fugaz que nos una, sin entrar en detalles. 
La maldición de la familia creo que nos ha condenado a todos a un destino trágico, explosivo. 
Cuando yo me pongo metafísica del semen de Freud. Suelo hacerles sufrir. Porque empiezo a levantar toda la tierra y a explotarles la pólvora en la cara. Cuando yo hago eso, ellos creen que me estoy poniendo psicótica. Que ya no soy mareva. Que estoy enfermando. Porque la verdad de nuestra familia es una enfermedad irremediable y si se escarba hasta encontrar al hueso, emana tanta dinamita y magma que no hay suelo que lo aguante.  
Yo jamás estuve loca, lo que tuve fueron ojos. Quise ser libre. Parirme a mí misma al fuego de la luna. Ahorcarme la civilización, la familia, la sombra ajena y la jaula, al canto de los lobos y volar. 
No acepté las taras heredadas de la infancia, ni de la cultura. Quise exorcizarlas. Levantarme gigante y pájaro. No fui como mi hermano que sobrevivió con la mierda encima y a veces tiene angustia y neuras y no sabe de dónde vienen. Escarbé en busca de la verdad y de la absoluta libertad. Quise el todo o la nada. El pesa-nervios de Artaud. El humus. Las alas. La vida verdadera.

A veces fui radical. Se me encendió la mecha y exploté al amor del fuego.

Ahora no quiero sacar la pólvora. Por eso hay que mantener una distancia. Esa armonía de taberna y estrella fugaz. De no te acerques mucho cuando aullan los lobos, no me obligues. Ven sólo a la hora de los mandriles y las flores. No quieras saber qué me pasa.  No te vaya a dar miedo quién soy y lo que he visto.

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