HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Quiero marcharme. Empezar en otro sitio. Tal vez irme a Costa da Morte... o cerca de la mar, en Asturies o donde sea, quemar todas las naves y no dejar nada. Creo que estoy más triste hoy que ayer antes de saber que él iba a venir. Al final yo hice como siempre el payaso. Y toda la conversación acabó formulándose en mi culpa, en lo que yo había hecho.  Y adentro mío, el queroseno se sintió de nuevo hambriento y abisal. Y el tango. Y el callejón. Y los perros sin dueño. El frío. Mi corazón amoratanado, enllamado y roto.  Yo necesitaba un abrazo de amor. No broncas. Necesito a la mar.  Como si vivo en un cobertizo de pescadores y ya no vuelvo a hablar con nadie excepto con los peces y el perro. Estoy muy cansada. Ya no me queda fe en el amor. Ayer cuando estábamos en el bar, él me pidió tabaco, le dije, quedan las últimas hebras y los últimos hilachos nunca tiene fe pero arden muy bien. Yo se lo decía por nosotros.  Empezó a caer una fuerte granizada y tormenta que nos impedía marchar. Yo les dije que tenemos dos opciones, ir al paragüero y robar unos paraguas o pedirnos unas botellas de whisky y la cena. La tía de Yos quería comprar una ración de patatas, le dije que no, que si te ligas un poco al camarero te la sacan gratis. Y de paso me traje otra cerveza.  Me dieron un plato de la ostia junta a una sonrisa como un puerto. Últimamente sólo me aman los camareros.  A Yos. lo quiero patológicamente, enfermiza, perruna y mortalmente. También abandonada. Sabiéndolo perdido. Sabiendo que él no me ama. Eso es lo que me hace beber y la belleza de la luna. Y no que yo tenga un problema con el alcohol.  Y encima, ayer ellos me hicieron sentir que yo tenía un problema, y me puse mucho más triste.

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