HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Soñaba con un sentimiento de tristeza. Dolía de una forma muy visceral e inconsciente y física. Y era el centro. Era algo que tenía que ver con mi forma de caer, de no creer en mí, de atormentarme. Necesito pelear mucho para sacar esa pena de dentro. Nutrir un fuego independiente a todo que nutra la necesidad del poema. Que salte sobre mis despeñaderos. Que vuelva a caminar una certeza, aunque sea abstracta y migrante.
Hay una herida que a veces convoca a K. a mis ruinas y que sé que es la misma que hace que Yos. se convierta en un desierto entre mis brazos. Me ocurre en una ecuación subconsciente. Combinaciones de la sensación de existir y perforar que me alumbran la desolación, la extrañeza, el duelo. Algo que me hace irme, renunciar, descender, mientras gritos retumban partiéndome por dentro. Es una sensación muy magnética e irracional. Necesito levantar el corazón. Tener un río, independiente y solitario donde nadar mi luna. A pesar de todas las personas y hechos. Algo insobornable. Algo peremne al crujido de la que soy cuando no soy nadie. Echo de menos al Fauno. A poder creer en él. A saberlo flotando a mi alrededor. A aullar en el bosque y saber que él me devuelve el eco. Él era lo único que me ofrecía un sentido completo y evolutivo, enamorado, más allá de mí y de todo lo vivo y todo lo muerto. Era él, el que me hacía sentir que era la continuación del agua, de la llama, del aire. Haberme vuelto agnóstica me ha vuelto también algo alcohólica y kamikace. Hambrienta. Ajada a un precipicio. Pero creer en el Fauno no es algo que yo pueda elegir. Es algo que he de sentir y ha de arderme empíricamente.

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