HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo agujetas por todo el cuerpo. Una risa entre los ratones. Un mar dando portazos entre las piedras. Un sueño y una brecha. Los huesos llenos de mordiscos. Los montes llenos de lobos. El corazón revolucionado, finiquitado, recien nacido, ebrio, levitante. A veces lo deseo todos los deseos. Me desvela todas las bocas. Me tira abajo todas las puertas. Me renace el alba y el cuchillo. Volvemos a ser dos adolescentes que nunca han acumulado escuela ni cicatriz. Volvemos a ser inmortales, dueños de la calle y de la muerte, del olvido y de los vasos, de las luces de san telmo y los desguaces. Volvemos a ser hermosos, puros, innegociables. Volvemos a ser insolentes y a correr todos los riesgos. Y nunca hemos conocido a ningún muerto. Y nunca hemos perdido nada. Y se me derriten todas las persianas en su sexo, todos los diccionarios, en sus dedos, todas las horas, volando por la cloaca junto a sus perros. Riendo como ríe la carcoma, como ríe el huracán y la tierra seca. Cayendo y trepando con la misma canción. Rebentando los adoquines con esperma y sudor. Con rosa y con turbulencias.
Amo ir junto a él bajo las miradas de la gente del pueblo. Porque me siento otra vez punky. Otra vez dama y bestia. As en la manga. Asalto. Barricada. A su lado, me siento, una milicia. Como si nuestras botas hicieran cráteres. Como si nuestras risas, destruyeran el capitalismo. Amo dar que hablar quemando mi sonido en su cuerpo. Tambaleando los callejones en su guitarra. Amo que nos miren en la indecencia. Y subir el tono hasta las estrellas. Amo apagar mis ojos oscuros y solos, en su mirada. Amo ir mano a mano con su exilio.

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