HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo que evitar la nostalgia. Que se quede lo hermoso, lo volcánico, lo que fue orgasmo y libertad. Allí en el cielo explotado. Haciéndonos gigantes y ceniza. Allí desbordado, tocando la guitarra eléctrica. Siendo todavía poema y fuego. Sin purgatorios ni entierros. Sin lágrima. Sino absenta y gasolina. Selva, locura transitoria, brasa. Amor mamífero, maldito, enyerbado y puro. Ave de paso, vino que dio el paraiso. Sin contar decepciones. Sin darle motivos a la muerte. Sin enfear la fiesta. Sin manchar la luna. Él me dejó adentro un volcán y que ruja. Lo querré mil años todavía, en la azotea, en el humo verde de los bares, entre los lobos y las ruinas. Y que valga la vida, amar. Que no pudiéramos salvarnos, era algo ya firmado por el fuego, follado por todas las estrellas. Que no quede el dolor, que quede lo bailado. Algún día tú y yo fuimos, un barco de whisky sobre la vía láctea. Luego como todo, caimos, los perros nos hicieron radiografías de hoguera. Y el fracaso invitó a la siguiente. Que no te hagas preguntas. Que no mires atrás. Que no llores. Que no te pongas a pensar. La vida es demasiado anarquista para salvar las monedas y los motivos. Te amaré mil vidas más entre el fondo de los vasos y el semen de dios. Pero hay que correr.

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