HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todavía es muy pronto. Soñaba algo de un conductor de aviones. Busco las palabras. Me despierto algo preocupada. Tenía la sensación de que el mensaje que le mandé le daba a elegir, a posicionarse, pero la forma total, daba a entender otra cosa. Eso me hace sentir responsable. Antes me sentía más leve y sentía que era él el que había tirado el último naipe y no yo. A veces soy radical sin darme cuenta. Igual estoy en una onda amorosa o pasota, con comprensión y lagos, hachís y ranas.... pero dentro estoy triste y oblicua, metafórica. Luego si me pongo a pensar, si me quedo sola, me asalta Alicia y exploto. Me salen en estampida todos los gestos que leyó mi suspicacia y me lo tomo todo a pecho y hoguera. Y un orgullo inefable e íntimo saca afuera el poema a ruleta rusa. Como si se fuera a perder la luna sino se grita. Como si me asfixiara y me suicidara sino lo hago. Pero la forma que toma entonces mi desencuentro, ya no es negociable, es como si ya llegara filtrada por astros lejanísimos, por historias que viví muy lejos, tiene un carácter último, en lugar de haberse expresado en los puntos suspensivos... en el enfado y en la tristeza de la cercanía, se expresan junto al precipicio, en ese lugar del todo o la nada. Y sus emociones ya no son del todo humanas. Porque se han ahorrado a un chute esas nociones, y por su propia cuenta han elaborado el poema del extremo. Las zonas intermedias han desaparecido. Y son precisamente esas zonas intermedias donde debería haber habido la comunicación entre él y yo.


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