HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todavía no pienso con claridad, tengo resaca, etcéteras en mi cama, el monte tan bello allí. La vida que arde saltando desde tus dedos a mis grutas, desde mi grito, a la curva que desaparece entre las piernas del Sol.

Tengo que bajar el ritmo tabernario. Meter entre sus líneas, un claro de bosque, un río que calla, la hierba. 

A veces vivo como si fuera a morir ésta noche. Como si ya no hubiera ninguna otra oportunidad ni nada más qué hacer que precipitarse ahora al fuego y a la eternidad, a doble o nada, a rasguños de piano en el cuarzo y en el hachís.

Amo tanto la vida, me tumba tanto, me agarra tan punzante, tan enamorada y cruel, tan extrema e impuntual. Amo tanto el amor, tan salvaje y pobre, tan raposo y celestial, que lo llevo como su fin abofeteándome las venas con un poema de perros.

No puedo estarme quieta. Siempre se me olvida hacer caso a mamá. Se me olvida que mañana habrá que tenerse en pie y alejar al espanto. Se me olvida que mañana seguirá rugiendo la mar y el alba sangrienta empapará los espacios vacíos. No me da el tiempo para recordar que existe. No me da, para hacer aquello que no esté ahora en mi mano.

Y cada vez va a peor. Porque detrás de mí, las llamas lo han borrado todo. Porque delante, las llamas, lo cantan todo.

Porque no me olvidé nunca de aquél amor que murió en la luna.
Porque no me olvido de que la muerte va a llevarse a mi viejo y romperá en la mies, el cielo que hoy mancha en mi mano ausente el vaso de vino.
Porque un poema que no conocí me arrancó todos los papeles.
Porque no sé evitar nada.

Porque no olvido, lo olvido.

Llego con los campanarios dando vueltas de ginebra de mi corazón a tu nada. Vueltas de esquina, abiertas como un rayo, en el fondo del vaso, encima de la cabeza, agarrándote la mar, matándote y viviéndote de la mar.

Llego vagabunda, con tanta fe que nunca digo que no, aunque me cueste la vida.

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