HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Al final voy a verle. En una hora sale el tren. Le había escrito mis dudas, mi quizá, mi tal vez es mejor esperar otros vientos, mi pequeño Franquestein me mordió la oreja. Y él dijo, te estoy esperando. Y salió el Sol en mi sótano de Kafka. Y me mojó también la noche en llamas. Y sufrí de la flecha, la ayahuaska, del olvido, los mares, de los paraisos artificiales, tu boca perfumando la selva.

Y ahora, otra vez enamorada, tomo el abordaje y no le pregunto a la carretera hasta dónde, ni si encontraré o perderé el olor a goma quemada, ni la curva peligrosa que nos deja sin credenciales. Ni me llevo por si acaso la escritura, ni mi a salvo, ni mi sé, ni me abarco, ni reproduzco, ni guardo, ni cotizo, ni frontera, ni llaves, ni para mañana, ni si será el precipicio o la isla, ni propiedad, ni si moriré del todo del amor o de las calles caladas por la pólvora o las flores. Ni si no te volveré a ver cuando amanezca. O si jamás podré olvidarte ni hablar con la mar sin tu oleaje.

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