HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer lo pasé muy bien con él. Hablamos de miles de cosas. Con él se sanó en mi interior el precipicio que siento a veces con los otros. Y fue una aventura el lugar por el que bajamos el monte. Tuvimos que saltar cascadas de río, andar serpenteando entre ramas, avalanchándonos como animales para abrir camino. La naturaleza estaba muy hermosa y ardiente.

Llegué a casa contenta.  Descubrí un tipo de comunicación y de afecto más profundo, más lento. Una sincronía de lo más inefable. 

Ahora busco las palabras. No me he despertado del todo. 

Sentí algo muy hermoso al descubrir cosas de él que a la vez me explicaban cosas de mí en una especie de música anarquista. Sentí en su mirada a la mar. En su manera de hablarme un bosque que me abrazaba.

Mi inquietud, mi ansia del arrebato, mi yo-yonqui, se relajó, se armonizó con la naturaleza, con los espacios, con las palabras y el alma.

En las relaciones con los hombres yo solía estar en ebullición. Y las que tuve empezaban en un rayo y acababan en un rayo. Yo no sabía casi nada de los seres humanos. Y ayer aunque mi sed del fuego no se saciara, llegué a casa mucho más contenta, porque mi alma se nutrió, danzó, escaló sus grietas y fue feliz. Hablamos de corazón a corazón, y no de gasolina a brecha. Con él me siento libre, relajada. Es alguien muy bello. Diferente. Y hemos vivido experiencias paralelas en relación a cierto autismo y exilio, en metamorfosis y alfarerías de luna.


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