HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Estoy ilusionada con el viaje. En un rato he quedado con él. Me he dado cuenta que a veces tengo una bestia pataleando en mi interior. Una exaltante inquietud. Un hueso perforado del poema. Una tumba abierta palmeando los cráteres. Una constante convulsión existencial. Un vicio acuchillándome la almohada. Una forma yonqui de tocar y soltar el camino. Una guerra con los significados. Y él ha provocado en mi interior el sueño zen, la calma. Creo que he vivido muchos años sosteniéndome en las metamorfosis violentas, nutriendo mi rabia al escribir, al amar, al moverme. He vivido utilizando mis rencores como obra, mis cicatrices como gasolina, mi tango como tu puta madre. Mi soledad como el nicho que la noche somete en lo distante acordonado de ese mezcal que agita las cuerdas vocales a la hoguera. He vivido como los locos, los suicidas, los vagabundos, los que ya lo han perdido todo. He vivido forzando a mi fe a agotar su último hálito. Obligando a Alicia a abandonar la tierra. He vivido sin esperanza en la humanidad ni en lo real. Ebria del amor, sin el amor.

Y él me ha devuelto un sueño. Ha tocado en mi corazón la libertad de la naturaleza. Sin que yo esté hambrienta de explosión y whisky, ni de calambres y humus y curvas y encefalogramas planos en los picos del fuego.

Ese animal mío... ha sentido a su lado, un lugar donde vivir como viven los árboles y el río. Donde amar como el viento y la salvia. Donde existir sin que nada lo ate.

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