HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He bebido un poco de sidra porque sentía adentro un viaje de mercancías peligrosas subiéndome la violencia sino estallas tú entre mi soledad y el piano, entre mi silla vacía y el olfato de la luna cuando los perros sin dueño asaltan las calles y avasallan a los que van solos. Mi vieja ha venido a gruñir de que si estoy bebiendo, de que si. Le he dicho que me dejara en paz, que cada vez que ha entrado me ha jodido el poema, que he pasado de un estado creativo a un chingo, que le he dicho mil veces que cuando estoy escribiendo que me diera por muerta y que se fuera a joderla a otro sitio. Ella ha venido hoy. Yo a veces no estoy para nadie y sólo me aguantan los perros y el río. Necesito ir quitándome toda la ropa y los disfraces en un subterráneo mal pensado y volátil. Esperar el perdón de la locura con la hierba atada a mi humedad, con los montes abotonados en mi pelo. Anochecerme de cráteres y galernas mientras no queda nadie en la tierra. Son vicios de reloj reventado contra la pared. Son urgencias de eclipse. Fotosíntesis de pájaro cuando los trenes se han ido.

A veces me pongo violenta de la poesía que no he escrito. Del amor que he conocido. De la belleza que me besó toda la mar. De la hoguera que me quemó. De la felicidad que me penetró mil y una noches en once minutos. Y me boicoteo del infinito. Me enfiebro. No entro. No paro. No puedo entender ninguna palabra ni cuajar ninguna fecha. Me hago materia incendiaria y paria, rodando por curvas como una jauría en huesos. Ansiosa del orgasmo del blues.

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