HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado removida y aún no estoy del todo en el espacio. A veces una hervidera de sensaciones tira de mí y me expone sin lengua ni timón al entristecer de las hogueras. Emigré con tus arlequines a las mesas derribadas del juego y de las palabras. No había héroes. No había naipes ni coral. No seguía el lápiz la manzana, ni la jeringa los paraísos. Tu beso, fue el primer beso de amor, todos los otros fueron el espionaje del fuego en el naufragio o mezcal en la noche sin mundo, cuando todo daba igual menos las maneras de acabar de una vez de dar explicaciones y de perseguir al yo en la carcoma. 
Ya no escribo con pasión porque ya no creo en la escritura. Caigo a ella, abandonada, soltándome a una fuga, a un error, a cenizos pasamanos en la rodaja de limón, cuando no soy yo, ni suma tu vino tinto el desmantelamiento del hogar. Fuimos percusores del pesimismo cuando dejaron solas a las llamas y extinguimos lo nacional, inexactos y pirómanos para que jamás nada fuera igual. Antes de ti, ciega de escombros sobre la velocidad, perdía la fe y las maneras, hambrienta de encontrar un lugar al que volver. No puedo saberte con lo que queda de ti en mi cuerpo. No puedo recordarte sino el alúd del fuego. El presente obliga a quemarlo todo. Sobre el desorden, en cueros, libres, orgullo de mendigo, risa de mar que lucha y somete. No puedo llevarte conmigo cuando no estás. Todo pareció un sueño. Bajo dando patadas bajo las raíces del cipres y el corazón del gorrión. No hay mapa. Me sigue el paso. El camino no existió nunca. Soy como la hierba, como los charcos, como los jabalíes. Todo lo que tengo sobre mi cabeza centellea y corre.

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