HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy he limpiado toda la casa. Necesitaba levantar los mástiles del alba.  Llevaba muchos días, en el fuera de campo de una nube de tormenta, en el expresionismo de las esquelas, en el vapor del alcohol taladrando las flores de papel sobre mecheros que insomnes brillaban tus pupilas en los sótanos de mis diarios.

No asumí lo que hicimos ni lo que no hicimos.
Ni lo que amamos ni lo que llenamos de golpes.

No asumo desde hace mucho las palabras, ni los hechos, ni el tiempo. No asumo la dirección de la sociedad, ni su ley, ni su costumbre, ni su olvido. No asumí en mi puta vida que se hubiera perdido la guerra y que yo hubiera nacido en la era de los espectros. No asumí a mi familia. Ni a mis muertos. Ni mi forma de amar, ni de mentir, ni mi rabia, ni mi tristeza, ni mis sueños. No asumí la realidad consensuada. Ni el amor cuando lo perdí. Ni cuando lo tuve en mis brazos. No asumí mi cordura, ni mi locura. No asumí la violencia. No asumí que el Fauno no existiera ni que hubiera estado en sus hombros. Ni las correas del manicomio. Ni las de la plaza. Ni las del golpe seco de un beso en los escombros. Ni tanto vacío en la mano, ni tanto grito en la garganta. Ni la soledad ni la compañía. Jamás un gobierno, ni una patria, ni un oficio. Ni los muertos de hambre. Ni los desahuciados. Ni las mujeres violadas. Ni los verdugos con toga, ni los delincuentes con trato de usted y palacio. 
Ni el cielo ni la tierra.
Ni la poesía ni los cementerios.
Ni haber sido humana.

Por eso voy a veces tan perdida, pálida del canto de luna, del asalto del abismo, ebria de viento.

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