Ardidos

Anoche lo pasé bien. Tomé unas cervezas con un amigo. Sentí una conexión de blues en las palabras. Me doy cuenta de que tengo que echarme a la mar. Vivía clandestina de mi propia vida, antes del verano. El camino era la desfocalización de un poema. Pero el camino verdaderamente es infinito e inabarcable. Antes había perdido esa noción de inmensidad. Mi vida era muy pequeña. Yo estaba atascada en un verso tachado. Yoseba era algo recurrente y maldito. Ahora voy más ligera y creo más en el amor y en la multiplicidad, en las aventuras, en los desconocidos, en la gente. 
Me noto algo eléctrica. Me desperté a través de un rayo. Me siento algo hipocondriaca del fulgor y de la arena. Ayer hablé también con Yos. Un poco de la erótica y de las noches estrelladas. Le dije que ahora estoy más roja y más contenta, con ganas de aquelarres y de fuego. Yos es ave de paso. Siempre fue eso. Una historia fugaz. El horizonte nos separaba. Nos separaba la forma de hablar con la luna y de sacar el verso. Nos unía el hambre y la música. El sexo y el monte. La cerveza y la lluvia. La indigencia y la risa. El sin sentido, la soledad, la chingada de la tierra. El asco a la civilización. El punk. El cinismo y el teatro y los perros. Pero nos separaba el amor. Tal vez siempre seamos colegas. Tal vez nos acostemos juntos aún muchos bailes.  Pero respetando nuestra perpetua infidelidad y desapego. Sin hacernos el lío. Sin pedir peras al olmo.

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