HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El fauno necesita la sutilidad de lo que está a punto de extinguirse, de lo que nos llega como algo inexistido. Es algo que todos percibimos. Pero el pensamiento la mayor parte del tiempo echa ruido y lo tapa. El infinito está aquí ahora mismo. Pero para poder vivirlo, hace falta conectar con la metáfora más pequeña y más débil de todas. Nuestra psique está demasiado entretenida en cubrir el teatro al que llamamos vida, al que llamamos yo y realidad, mientras alimentamos su teatro, el Infinito pasa desapercibido. Mientras nos embuchamos en historias de amor, en entretenimientos de bar, en disyuntivas de cerveza y arena, o trabajos, materialismos, marujerías, nuestra psique entrega su atención a todo eso, y entonces ya no podemos ver ni recordar al Fauno.
Eso me pasó a mí éste invierno. Yo buscaba al Fauno. Pero estaba enyerbada con mis historias con Yoseba, con mis historias de la grieta que se quedó en mí después de haber perdido mis visiones y haber llegado a la tierra, pobre y sin nada, herida por la nitroglicerina. Yo no podía regresar a mi casa, emprendía luchas y odiseas para hacerlo, la del Tigre, la de la Polilla Negra, pero un hueco dislocador, me impedía avanzar. Yo amaba y soñaba con el Fauno, pero mi visceralidad no lo creía, no lo sentía, le faltaba a mi amor. Eso me hizo escéptica y triste, alcohólica y profana. Ya no podía del todo ver a los chopos en los chopos. Mi esperanza era un caballo del apocalipsis. Era una ruleta rusa. Era algo extinguiéndose en un salto mortal. Yo estaba cada vez más hambrienta y perdida. Había perdido mi muchedad, había perdido al Fauno. Pero ahora vuelvo a sentirlo. Y sé que soy yo la que pongo en mis ojos ciertos embudos y gafas que lo desaparecen. Pero que el Fauno está ahí y siempre estuvo ahí. Por eso ahora he de trabajar la ayahuaska de mis ojos para ver al Fauno y quedarme con él. El Fauno es mi casa. Yo sin el Fauno soy una desgraciada.

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