HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hay algo en mí que me niega. Una articulación de la angustia que perfora la noche estrellada. Una sensualidad de medusa venenosa estrangulándome las luces en explosiones de piedra. Me retuerzo el hueso dislocado de una canción que bebe de mis ojos el alfabeto que desempolvó tu vida en los acordes de la huya y golpeó mi soledad como un títere homicida de los asientos vacíos. Estoy exagerada de la cuchilla que desnutre las nubes, del susurro que hace sangrar a las estatuas. Hipersensible de la entrelínea que me asume como una lanza.  Cuando estoy así, escribo a la contra, escribo sin gozar, sin aceptarme, sin tolerar el paisanaje de ningún verso. Escribo sin la musa. Sin la sensación de llenarme y viajar. Escribo doliéndome, vaciándome. Porque todo lo que me toca, se escapa.
Creo que ésta carga magmática, es un síndrome extraño de la felicidad y del tormento de la resina. Un fuera de campo que me mordió la espalda. Un hueco nuclear que me inundó de canciones tan bellas que mi capacidad de interpretación se emborrachó sola y herida, a los pies de un río que no pasaría cerca de ti.  
Me enfrasqué sin darme cuenta en lo que dijo la palabra al otro lado de sí misma. Donde los objetos no son los objetos, ni el tiempo mezcla los crepúsculos con la sangre que debajo de la mesa sostiene la luz del vino. Eso me hizo herirme de costado a costado por la rareza. La vehemencia que no tuvo un hogar. Sufrí explosiones de sinergias sin musa. De amor sin piel donde nadarlo hasta que se callen todos los universos.  Y me dio la fiebre del silencio sumergida en carreteras en llamas.  Por eso ahora necesito hablar mucho, caóticamente, hasta que el eco responda otra vez a los tigrales y los pájaros que vuelan por aquí, me miren de vez en cuando, el amor al sol que escribió la sidra en un nombre parecido a la esperanza.
Tengo que soportarme en la destrucción de las palabras. En los atentados de mi cuchilla. De mi sobredosis de abstractos. De mi berborrea de anacolutos y piezas desnutridas del paisanaje que te evoca. Tengo que aguantarme en la angustia de sentir demasiado sin una razón de vuelta. Y escribir. Escribir miles de palabras. Hasta que su abstracta puerta trasera cuelgue de nuevo mis trepadoras hacia el sonido que recojo de la lluvia.
Los mecanismos siempre fueron rizomáticos. Mi sentir interno necesita la complejidad de la bruma. El caos metódico de la avalancha. La oblicuidad de un gorrión, entre el desierto y la hoguera. La prosa me puede matar. La prosa me obliga al suicidio de los caminos. Me deja sin pasión, sin voz, sin capacidad para crear y moverme. 
Por eso tengo que seguir la deriva de ese zarpazo de mora y absenta entre los agujeros que la carcoma y el amor embistió en mi vulgaridad. Da igual dónde me lleve. Da igual que tan mal lo haga si vuelves tú.
Mi casa está detrás de un poema quemado. Necesito el abstracto. Necesito el mal entendido. Necesito escribir, aunque quiera vivir para siempre encima de un caballo. Y la voz de lo que escribo tiene que meterse en mis venas y azuzar barcos y tierras vomitadas. Muy dentro. Hasta que ya no me distinga.  Sino puedo enfermarme y empezar a odiar la vida. 

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