HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He sentido muy nítido y condensando el problema de mi precipicio. Y la solución sólo es el tigre. Me cuesta explicar con palabras lo que descubrí, porque lo descubrí en otro tipo de lenguaje eléctrico y surrealista, en la metáfora fisiológica, en el escalofrío, en la reducción de la electricidad y el tambor. No quiero escribir ya los otros motivos. Ya los he escrito durante éste último año entero, aburriéndome a mí misma de conocerlos y nunca acabar con ellos. Era un eterno teatro. Me doy cuenta que se trata de energía, de la hormona del fuego, de la anarquía de la ventana sin paredes. De aguantar la inercia del vicio de la gota de sangre, y arrebatarse en otra dirección. Ya no me interesa la historia geopolítica. Al inconsciente a veces no hay que acudir bajando ni cosiendo, sino de frente, a avalancha, con un arma.
Comprendo que si algo me ayudó a vivir y transformarme, fue la parte violenta de mi naturaleza. La surrealista, la impulsiva, la lunática. La metafísica, la filosófica, la mística, sólo me causó problemas y bucles, aunque también necesito su equilibrio y su verbo. Pero ya no es época de escarbar ni de aburrirme a mí misma dándome explicaciones y buscando las razones de lo fantasmagórico y de lo distante, ni cabos sueltos de semen de Freud ni ostias. Es época de actuar. 
Soy alguien a la mitad atrapada por la amanita del bosque. Y cuando lucho, cuando convulsiono, es cuando me muevo. Mi movimiento necesita a mi agresividad. Yo necesito el equilibrio de mi violencia. Pero no debo luchar contra mi naturaleza. Debo bajar al humus de mis instintos y liberarlos todos, cantarlos sobre la gruta y sobre la cima, en la curva, en el desierto, en la tierra estéril y en la hoguera. 

Me gustó lo que vi debajo de mi sombra, porque me enfadé. Porque crujió el fuego en mi pecho. Porque se levantaron los perros de diógenes y me aullaron. Lo que se enfermó dentro de mí en el surrealismo, se arregla en el surrealismo. Lo que deliré en el fuera de campo de mi antihumanidad, se hace música en la abrasión utópica de mi antihumanidad.

Hay que ir muy solos. Ebriamente solos y autistas. Porque el diccionario y la arquitectura de lo real y de lo social, es un Teatro. Y al teatro no se puede ir, desangrando un papel vacío, ni cortándose las venas y chupando el mezcal de la deconstrucción cubista de lo otro, tomado falsamente como objeto o cuerpo. 

Mi problema era el amor. Mi abismo era el amor. El amor me hacía una suicida. El amor me hacía un cheque en blanco hacia el pis de la bruja. Porque yo ya no quería ir sola. Pero al Fauno, se llega a solas. Pero en el Ensueño se cruza a solas. Cuando se pierde el carro de combate y hoguera cósmica de la soledad, nos hacemos ceniza y muerte. Mi caso era más grave, porque sufro la desrrealización y porque mi inconsciente es una araña carnívora. Aunque mi inconsciente, también me protege, porque me da su cuchillo. Y si yo pongo un clavo él pone un agujero. El martillo, la pared, y el lienzo colgado, es también mi inconsciente. Detrás del inconsciente no está lo que escribía Freud. Detrás del inconsciente, está la conciencia del Bosque. Detrás del inconsciente está el despertar del Ensueño y el Infinito. No está tampoco el yo. No está nuestra historia. Está nuestro otro yo, nuestro yo etéreo. Está el acceso a los tambores de la ayahuaska y al ritmo. Está el nagual.

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