HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto. No recuerdo demasiado lo que soñaba. Ya me he vuelto a adaptar a la soledad, a la escritura, al río. Ya he encontrado en mi soliloquio una especie de música de fondo. Aunque no estoy segura si eso es bueno del todo. Deseaba exteriorizarme mucho más lejos. Pero acá me recogen los chopos. No sé qué pasará cuando acabe el verano. Tengo ganas de volver a verlo, de vivir aventuras, de no recaer en los papeles. Aunque sé que acabo necesitando escribir.  Sé que cuando la escritura dice lo que yo quiero decir hay un reciprocridad de fuego que me colma. Mi bruma me abandona algo del pellejo y se cuelga de las madreselvas. Mi historia golpea en el agua y se extingue en la grieta del bosque. Mis hechos se hacen literatura. Y también amo, éste no ser que ofrece la soledad y la naturaleza. La escritura también juega con la otra probabilidad de la sombra hundida en la brasa, del bodegón-escalera de tus ojos. Del amor cuando no hay un cuerpo que bombeé la última palabra. Y es fácil para mí, abstraerme. Vivir sin que haya nada sino la metáfora, la lejanía, la pasión del río. Lo he hecho muchas veces, hasta el delirio. He vivido marchándome. Y aunque sueñe regresar a fuego a la comuna y dejar para siempre la escritura, es muy fácil para mí no hacerlo.

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