HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Soñaba cosas raras... en el sueño la gente tenía un doble, no recuerdo bien los sueños para escribirlos. Pero eran algo desasosegantes. Ahora busco las palabras. Hace un día hermoso. Ayer estuve plantando unos cactus que me regaló Yos. Hoy tengo que volver a nadar en el río. Ayer sentí mucha paz y alegría. Algo que llevaba muchos días sin sentir. La conexión con la naturaleza para mí es muy importante, para armonizar con el silencio y con lo que soy, para amar la vida y vivir la belleza. Para comprender cuál es el camino que tengo qué seguir. Como he estado muy agitada y las mareas eran violentas me ha costado saber lo qué siento y lo que pienso, lo que he vivido. Por eso tengo que escribir mucho. La vida es muy hermosa y corta para perderla. Durante muchos años viví sin felicidad, en guerra, entre desvaríos de bruma, curvas y volantazos. Yo no conocía la felicidad, ni el amor, ni la libertad, vivía hambrienta y atormentada, violenta y extrema de los polos. Ahora he ido descubriendo la alegría. Y algo en mí quiere vivir en su permanencia. Quiere que todos los instantes sean conciencia, rebeldía y expansión. Para eso necesito también la paz de mi espíritu. El reconocimiento libertario a cada paso y acto. La reciprocridad de la ola. Para tener esto, tengo que evolucionar mi deseo y hacer lo que verdaderamente amo. No ir en contra de mi deseo ni de mi amor, ni de mis pasiones, ni de mis místicas. Estar en paz con mi pasado y con la vuelta de la esquina para habitar libre el presente. Aceptar mi naturaleza y navegar hacia un acto creativo y la hechura del placer y del juego. Con la inocencia. Con la libertad. Pero todo esto también implica un esfuerzo de voluntad en ciertas ocasiones. Mi mente a veces es un calambrazo de una brasa retorcida. Y si me dejo llevar por ella, sin control, puedo acabar otra vez habitando el tormento, el alcoholismo, las obsesiones del fetichismo del poema y de la exageración de la gota de sangre y del portazo.

Él me decía que yo utilizo mi pasado para justificarme. Que en lugar de cambiar y transformarme, me justifico. Y tal vez tenía algo de razón. Mis experiencias del manicomio y de la marginación, del suicidio y del chingo, de las drogas y la locura, del desamor y la soledad. Me hicieron a veces adoptar un papel de superviviente y zarrapastrosa moradora del lago helado, del mezcal, del olvido. Me hicieron ser una especie de víctima que vino a cantar su venganza y  su desdén. Como si ya nada fuera conmigo.  Algo de todo eso, mezclado al escepticismo y al ego de alicia, me hicieron vagabunda de mi propia vida, como si ya nunca tuviera qué hacer nada, ni luchar por nada, sólo ir por ahí cantando, a ver si encuentro el poema, a ver si el fuego arrasa la civilización, a ver si vuelve a aparecerse el Fauno y me quedo en su mundo y nunca más regreso. 

Una de mis mayores neuras, tenía qué ver con el amor. Era algo muy recurrente y piojoso, combustible, extremo e irracional. Algo de eso se curó en mi alma al haber amado a Ab.  Era un complejo de Franquestein y su coraza belicosa. Era también la vulneralidad de la niña perdida y ese juego de rol que se tenían entre todas ellas. Me creía un monstruo. Mi corazón estaba hambriento y yonqui. Yo misma reproducía mi tragedia etílica de payasos y fieras. Tenía cada vez más hambre y más violencia. Mis extremos de la desrrealización me enjambraban cada vez más combustible. Mi ternura me llegaba como un suicidio. Mi soledad era una garrapata de luna llena. Y mi tango volvía una y otra vez. Luego me camuflaba utilizando lo quinqui y la masculinidad, el boicot y el punk. Y mi niña perdida era una víctima, siempre una puta víctima que se llevaba muy mal con la loba.  Mi papel de víctima, usaba mi pasado, mis cicatrices e infiernos, para alimentar los rencores y su desdén. Moraba la rabia, el desalojo, la huelga. Estaba hambrienta de amor, enloquecida de amor, enferma de amor. Y eso me llevaba al alcoholismo, a la indigencia, y a vivir de forma peligrosa, lunática y del todo perdida y sin esperanza, sólo tenía el fuego.

La relación que tenía entonces con Yoseba, era una muerte.  Era mi hambre. Nos mezclábamos un rato en el éxtasis y luego la ausencia era mucho más profunda. Cada vez todo era más zarrapastroso y cercano al fin y a la explosión. Cada vez estaba más ensangrentada. 

Pero al amar a Ab. ocurrió un milagro. Volvió a quererme el Fauno. Conocí el amor. El amor del alma. El rizoma libertario. Unos ojos que penetraban en mis ojos y leían el diccionario del agua y del viento. Un beso que me besaba todos los universos. Una caricia que me acariciaba todas las vidas. Un sol que iluminaba todos los pozos y levantaba en su cresta todas las noches. Una voz que oceanaba mis sonidos. Sexo que llegaba a lo divino y no a la hoguera del apocalipsis.  Una empatía de duendes y de nubes, de pastos y de playas, de carbón y de mezcal. Sin que yo tuviera que defenderme ni atacar ni esconderme ni fingir ni contar divergencias poéticas ni ser múltiple identidad ni metamorfosearme en la gasolina y en el perder el conocimiento. Sin tener que emborracharme hasta tirar abajo las paredes, sin ser el relebo continuo del hambre y el hueco incendiario.

Ab. fue un mago en mi vida. El amor que sentí fue tan mágico y profundo que transformó en mi pesa-nervios la oscuridad del corro de mi bruja. Tuve otra vez esperanza y miles de astros de las ganas de vivir y amar y descorrer telones y exprimir la existencia y parir nuevos bosques. 

Ab. fue el primer hombre al que amé sin guerra entre las criaturas de mi psique. Con él, yo no era tropecientas, ni mi rota y mi descosida se entregaba a la heroina y al fin de todo. Con él yo era sólo una, rizomática y libre. Con él no contaba cuentos. No ocultaba la doble vida de Alicia ni del poema. Mi corazón estaba desnudo y no sufría por estarlo, volaba, moraba, amaba y habitaba el país de nunca jamás, contento y ácrata. En el presente. En el milagro de la ayahuaska. En el verdadero amor.  Con él yo no tenía miedo al amor. Era una niña que descubría que el amor estaba dentro de mí, que siempre estuvo allí y lo cantaba y el suyo me devolvía miles de canciones que me hacían descubrir por primera vez el plural y reír a carcajadas. Con él me sentí humana, sin mi cucaracha de Kafka, sin mi guerra, sin mi tormento. Me sentí por primera vez, yo misma, sin hacerme un puto cortocircuito de la metafísica del insecto.

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