HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo que equilibrar mi violencia. Devolverla a la selva. Hacer ese viaje del oso alquimista. Morar el perdón. Quedarme en el amor. De alguna manera, la pelea entre la loba y la niña perdida, su violenta bifurcación en mi interior, me hacían sentir que el amor me volvía indefensa, sumisa, suicida, despedazada. Porque necesitaba unir el corazón de la loba y de la niña. Porque el amor era algo mucho más profundo de lo que yo creía. Mi naturaleza necesita de ambos mundos. 

El amor de Ab. provocó una música integradora en el sueño de mis hogueras. Alumbró un despertar y una magia, en lo más clandestino de mí. Mi desrrealización esteparia e insectívora se detuvo y se transformó en la oceanada. Me sentí amada y capaz a amar.

Sé que sin darme cuenta, albergaba muchos rencores. Criminologías pasionales y carniceras. Atentados del extremo y el explotado poema del fin. Agujeros de gusano del ardor de la derrota. Venganza del proletariado y del lobo. Violencia. Violencia que primero despachaba contra mí misma en mi utopía de las criaturas de mi psique y el fuego del nagual. Me hacía a mí misma carnicerías en el corazón. Peleas a muerte dentro de mis teatros. Antagonias que obligatoriamente arrancarían una parte de mí y se la darían a los buitres o a los muertos. Estaba en guerra. Siempre exaltada. Era muy borderline del whisky y de Diógenes. De la vida independiente y zarrapastrosa del verso. Del alud y el éxtasis de la chingada y del pozo.  Estaba enfadada aunque no me diera cuenta. Sin paz. Sin amor. Sin ningún lugar al qué ir ni en el que quedarme. Sin el fauno. Sin el beso de la mar. Sin que me diera nada de vuelta el horizonte. No tenía esperanza. Sólo tenía fuego. Entre la vida y la muerte, sin la oceanada. Con la humanidad hecha un bar de bestias en los depósitos de mi noche sin mundo. Hambrienta. Lunatizada. Me estaba alcoholizando y destruyendo. 

Pero el amor que conocí abrió de nuevo el bosque. Y comprendí muchas cosas desde los dedos del agua. También me responsabilicé de mis propios demonios del apocalipsis y mis nudos gordianos. Comprendí que yo también estaba alimentando la sombra del corro de la bruja. Y que había levantado mi teatro de la erección del abismo por la egolatría de mis setas. Que estaba cómoda viviendo en la rabia y en el duelo. Sufría sin darme cuenta que sufría. No conocía el amor. Me hervía de su ausencia.... al fuego de la deriva y la perdición.
Y el amor de Ab. me trajo esperanza, magia, felicidad. El abrazo del agua. El susurro de los árboles. La anarquía del viento. El perdón. Con él, por primera vez, Fransquestein se sintió libre y contento, amado, entero, vivo y revolucionario. Con él por primera vez, besé los labios del amor, sin que me llevaran los demonios.

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