HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Dentro de un rato iré a la montaña. Aún tiemblo como una piedra desgarrándose por el acantilado, la vuelta a casa. Aún no he sido capaz de ver al Fauno en éstos montes. Siento un frío de libros olvidados, de flor cortada en una esquela, de cartero sin ti. El exabrupto de un diario tirando los andamios sobre la brecha junto a tu vaso de vino y corazón torcaz, me incendia la ideación abstracta de una habitación en la nieve que escurren las migraciones. Golpeo sobre tu silueta alejándose y las procesionarias de los pinos desgarran mi voz donde los perros solitarios se llevan la ausencia.  Aún tengo que hacer un hueco para mi corazón en estos pentagramas de arista y patada. Aún no extendí mi paso en la ira de los montes. Llegué descuajada a las fortalezas de las ruinas, con un cuervo asustado en los tambores. Con un beso amarrado al no regreso del agua, hipnotizándome la necesidad del poema en el salto al abismo. Necesito reconocer al Fauno, dentro mío y rodeándome. Abrir la mariposa. Avalanchar el deseo. Atravesar la espada de la nostalgia en el temblor del óleo. Preñarme de lo bello y de lo vivo. Mi marioneta de la araña sangró bruma en el picaporte, y ahora hay que convulsionar la pasión del agua en su tez de cartón y de curva.

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