Ardidos

Me echo un trago que bebo por Anku. He puesto nuestra canción. Y aunque ya no sepa nada de dónde poner lo amado cuando aulló la muerte su baraja. Los bailes que bailamos intactos más allá de nosotros murmuran la mandrágora y las llamas. Sigo atravesando el mismo desfiladero que alguna vez corrí junto a su risa. Sigo perdiendo la sangre por la misma sima que embriagaba a su lado, de nosotros y de quién nunca fuimos. Sigo persiguiendo el mismo canto que algunas noches su vida liberó en mi cuerpo. Sigo cayendo en la brecha que nos fumábamos despedazados por el placer. Hace ya varios años que no soy poeta. Tal vez, desde el antepenúltimo muerto sin tumba en mi carne. Tal vez desde que la luna tan puta y bella se quedó con todo. Por eso ya no sé llorar a los muertos, ni amarles cuando gime el Fauno el abismo y el paraiso que nos sigue. Ya no sé decir adiós. Ni evocar. Ni perpetuar en los fuegos fatuos. Ni exorcizar entre la ceniza. Ni defender. Ni haber estado allí. Creo que es porque alguna vez le di demasiado a lo que no existía. Y entre esas ruletas rusas, mi fe se hizo cínica y mi yo un teatro de escalabrados y oblicuos percusores del fuego. Todo es del Fuego. Él y yo lo éramos. Él venía de un desfiladero mucho más ancho triturado en sus entrañas como la canción más bruja. Y quién sabe qué le dijo la noche para saltar al vacío. Quién sabe qué alto gritó su brecha que insoportablemente había que prenderle a todo fuego. Él tenía muchos más agujeros que yo en el pecho. Y sólo él conoce la piedra que no tocó el suelo y derramó su vaso en el navegar de las hogueras sobre las grutas de la nada. Cuando hay demasiadas espadas entre el verso y el precipicio. Cuando no queda amor en la calle que nos salta encima. Cuando la fe ya no quiere lo que le das. Y no es suficiente la cocaina ni los narcóticos con los que sellar el mordisco del cielo. Cuando los manicomios y el fascismo han desatado un pesa-nervios suicida e imposible para hacer refugio. Cuando echaron plomo y navajas y moratones y violaciones y agujeros negros en sus sueños. Cuando la única paz era la muerte. Todos fuimos cómplices de su suicidio. Todos extranjeros. Todos puta literatura haciendo otra cosa para salir del infierno. Y sólo él sabe qué fue lo último que dijo la Luna.

1 comentario:

  1. Lo sintamos o no, siempre estamos en el límite. Hasta que el límite esté para siempre en nosotras.

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