Ardidos

Ahora el café. Un instante de jazz y funambulismo, antes de prepararme para el viaje. El bus tarda una hora y media en llegar. Me apetece la noche de Xixón y su qui lo sa. Me apetece verlo. Probarme otros pellejos. Llorar por unos ojos de cartón y de mezcal. Amar con lo que la luna nos ha robado. 

Culturalmente mi relación afectiva con Yos y con otros afectos, no es adecuada. A veces mi familia me muestra ese espejo de la moral estipulada, en la que no encajamos.  Tenemos una relación abierta, antimatrimonial, escéptica del romanticismo, sin porvenir juntos sino el fulgor. Nos juntamos como rotos y descosidos, besando el abordaje en una simbiosis de vagabundos enamorados del fuego. No nos somos fieles. Respetamos mutuamente las aves del otro pero escondemos con celo sus secretos.

Hoy veré también a ese tipo con el jugamos al escalextrix del vino y a las luciérnagas. Creo que afectivamente soy cynica por naturaleza. Porque la naturaleza es cynica. Porque cuando estuve en la empresa de Wherter, se me suicidió y retumbó ya sin legado y en forma de animal salvaje, sin nombres ni edades ni tiempos. Porque somos cuántica nómada. Porque para no engañarnos a nosotros mismos ni engañar a nadie, es preciso ser un Teatro comunista libertario al devenir del rizoma y de lo inabarcable. Y correr muy rápido. Y no hacer patria. Y no decir mío, ni tuyo, ni nuestro. Ni mañana. Ni inevitablemente. Todo cambia. Todo está al relebo del soplo del Fauno. Ser honestos con la naturaleza, es ser impredecibles y amar sin control ni reino el soplo de lo desconocido. Sin anillos. Sin esposas. Sin propiedad. Sin un lugar al que volver. Por amor al arte. Junto al viento.

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