Ardidos

Desprende la reverberación del firmamento, una palabra de pan y de gorrión, una duda de queroseno. El vestido de trigo de esa ola teñida con tu nombre, deshace en mí un deseo expresionista sin tierra firme. Tenerte y no tenerte. Asirte y abandonarte al duelo del viento y sus frutos. No poder trazar tu rostro entre los rostros de los extraños. No saber con certeza si podré tocarte y deshacer la alunicación de peyote de tu lejanía. No distinguirte de la adicción de la poesía, ni del aullido de lo improbable.  Soñarte entre tumbas y playas, barco que quizá pueda tocar mis ojos o llevárselos donde nadie espera. 

Las horas donde no te oigo, me ponen en tu contra.
Los crujidos que trae el horizonte cuando no te siento me dicen que es mejor que no te dé demasiado de lo que pierde el cielo entre mis piernas.
Que me vaya sola al fusil de Luna. Sin encayar en mi corazón nada más que el océano.
Sin la excusa de tu hoguera quemando mis naves.
Sin el delirio de tu mezcal descorriendo mis paredes.
Sin el recurso de tu fulgor desvirgando al alba.

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