Ardidos

El réquiem de K. Me robó la inocencia del amor. Me hizo nihilista, escéptica de la osadía del hambre comprando milongas al humo para hacer poesía que en su función nos salve del absurdo, supe que al hambre antes le llamaba amor, pero que detrás de todo ella es la que cabalga. Cuando enterré a K en mi pecho, enterré todas las historias de amor. Y sólo dejé las de los chacales y los titiriteros. Me hice poliamorosa e infiel, porque volcar sobre un sólo humano el hambre, es hacer un drama y un circo poco agraciado, deshonesto. Comprendí que todos somos bestias. Y que necesitamos el teatro de los sentimientos para amansar al salvaje y cruel rubor que toca el pentagrama del hueso y el tambor de la esencia. Los sentimientos son verdad, pero sólo durante tres cervezas y una estrella. Después la bestia grita. Y necesita la soledad de la noche. La bestia no se casa con nadie. Es independentista, profana, ácrata, egoista del fulgor y hambrienta, es belicosa, solitaria y embustera, porque su sino es tan volcánico que para relacionarse con otros humanos sólo puede hacer literatura y contar cuentos.  

Ahora cuando voy al amor, voy hacia las bestias.  
Ya no pago la entrada a la función.
Ya no dejo sangre en la butaca. Ya no lloro cuando muere el protagonista.

Los perros de K. ladran en todos los humanos. Y yo también llevo su jauría.

Entre humanos sólo los ladridos son verdad. 

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