Ardidos

He continuado la historia de Yara.
Hoy es una tarde de quietud y jazz quemado. De desapego y relinchos que se pierden en la niebla. Esa crueldad de no agarrarse a nadie, descuaja la tierra que piso mientras un girasol llora papel de plata entre fuegos de luciérnaga. Estoy esquiva, dudo de ti y de mí. Recuerdo la forma tan estúpida en la que acabó ese réquiem y sin querer toma el sentido de lo indivisible, y todo recae en su tumba para volver a ensangrentar la forma de su lágrima. Hay sombras que nos persiguen mucho tiempo. Los inviernos suelen sacar paladas de tierra del chillido de las rosas. Hay una suspicacia del final de la historia que soborna al guión. Y nutre en la distancia de la mar el verso que lloro sobre las aceras.

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