Ardidos

A veces él no es lo que yo quiero.
No oye mis caracolas de calima.
No presiente mi verso tiritando en el fuego.
No quiere saber quién soy debajo. No entiende mis palabras cuando Lobo es sincero. Cuando dejo a un lado, mi carnaval y quiero desnudarle, mi aullido, mi cuaderno. Él a veces es como ese tabernario que invita a whisky a condición de que sólo se baile y que nadie diga ni una palabra.
A veces, es mucho más cavernícola que yo. A veces no quiere acompañarme en mis sueños. Le parece una idea, fatal, ilegal, peligrosa, delirante, absurda, estúpida, imposible. Aveces no ve a Fauno. Me mira por encima del hombro con su alter-ego y su realismo. Y piensa, que soy una tarada. Me incluye en su noción mental. Sin verme a mí. Sino a su propia mente y sus mezcalitas. Y si yo, quiero desbarajustarle su percepción y dejarle sin argumentos, se convierte en un lobo de pólvora. Y los dos como bestias sin madre, nos enfadamos y peleamos.

Pero el amor, no es un mercado.
Nadie se ajusta a nosotros, excepto el Bosque. Nadie tiene nada qué dar, ni nada qué llevarse. Nos han enseñado a tomar las relaciones humanas y afectivas, como una transferencia de bienes y de servicios.  De producciones. De compromisos que cotizan en hacienda. De espejitos mágicos que nos masturben. Que nos dén la razón. Que nos digan que somos los más bellos y que vengan a hablarnos de lo que hablamos. A pensarnos, lo que ya pensamos.. Nos han enseñado, a acostarnos con nuestro ego, cuando nos acostamos con el otro. Nos han enseñado, a olvidarnos de Fauno y de que la vida es extraordinaria.

Él y yo, a veces somos, un malentendido con navaja. Una guerra irreconciliable. Dos vagabundos que se irán cuando se ponga el sol para no verse más.

Pero, a veces, estamos juntos con Fauno. Y los dos, salvajes y libres,  cantamos el canto profano, ácrata e infinito del Bosque. Y entonces nos amamos, porque somos libres, porque somos.

Amo al animal salvaje de él. Cuando lo amo, veo a Fauno en su corazón. Cuando veo a Fauno en él, mi animal canta libre y le besa.

Cuando me juzga, cuando él no ama a mi animal, "Cuervo no fumar la pipa de la paz con tú". Y Cuervo entonces también lo juzga a él.

Para que dos personas se amen, es preciso que las dos, se entreguen a lo desconocido, a la cuántica mágica del otro, al secreto ácrata del bosque de cada unx. Es preciso, que miren con Fauno. Que interpreten con poesía y dadá. Que jueguen. Que sean salvajes. Que no pidan ni esperen nada. Que no quieran cambiar al otrx. Que conquisten la inocencia y la anarquía. Que no quieran que el otro sea, su curandero, ni su patria, ni su botesalvavidas, ni sus bienes, ni su promesa, ni su paraiso. El otro, siempre será de la selva, porque nuestra naturaleza es cuántica y salvaje. Quién no nos ama selva y libres y desconocidos y ácratas, no nos está amando. Quien no nos ama, que se vaya a chingarla.