Ardidos

Cuando quiero a Kavka, aprendo mucho del amor. Los perros son paganos. Y aunque digan que son fieles, son cuánticos, son ácratas del fulgor. Son tambor. Son ritmo de Fauno. Son mantra de lo salvaje. Cuando estoy con cuervo, frente a un humano, siempre estoy rota, en guerra y sufro. Pero Kavka, ama a Cuervo, lo comprende desde los tuétanos del mar, desde el ojo del Bosque. Y juega con él. Une en mi corazón, mi doble naturaleza, a través de su genuina manera de navegar y de saber. Mi sueño, es un día, amar al cuervo de Yos, desde mi cuervo. Sé que tengo miedo. Y él también lo tiene. Sin querer desde Cuervo, enfrío su corazón, lo miro mal, rompo el hechizo, me vuelvo la mirada que lo culpa y lo condena desde sus adentros, me vuelvo la enemiga que vive dentro de él. Por alguna extraña razón, tengo un radar telépatico que capta la oscuridad del otro y la exterioriza, capto su temor, su complejo, su duda, su miedo, su lucha interna y me vuelvo inconscientemente el espejo y el huracán. Es algo irracional y aunque mi corazón ame y comprenda desde Fauno, al otro le doy la imprensión de estar juzgándolo. Creo que es una puerta abierta de viejos viajes alterados de conciencia. Sé que si pudiera gestionarla desde la armonía y el amor y el conocimiento, podría ser un don. Pero de momento, me derrama la violencia de Cuervo. Porque tengo todavía miedo al amor. Si fuera capaz a amar al cuervo de Yos desde mi cuervo, Fauno nos llevaría al lugar más hermoso del bosque. Y surgiría un inmenso amor.