Ardidos

He sentido una transición belicosa, entre el estar con él y el quedarme sola. La soledad me agarra a un silbido de plomo que se derrite entre las zarpas del horizonte y pregunta con pistolas algo indescifrable al retumbar de mi sino. De forma irracional siento un rechazo a él, cuando me voy quedando sola. Una pelea de gas me aja sobre un territorio indefinido. Y siento otra vez, una doble vida, oblicuos sentimientos. Una tensión inefable que me niega de mi vida social y de lo que amo afuera de mí. No sé si es un método de defensa que utilicé en el pasado, como la flor de un sueño. Ahora ya no es tan luminosa. Me da gravedad de chillado hueco. Coacción de música en el hervir del camino cuando no puede haber nadie. Me obliga a una instrospección irreconciliable con lo humano. Me vuelvo más extraña. Y la forma de cambiar la dirección de mis significados, es emprender el ascenso desde adentro y abajo. Traducir poéticamente esas llamaradas de lo interno y aislado, y expresar un camino intermedio. Esto es muy fácil para la escritura. La escritura utiliza lo extraño para hacer un atajo a un beso. Pero no es lo tanto para la que soy cuando juego con piedras y con el olvido de los ríos. Me he dado cuenta, que quiero a la gente, que quiero cruzar los precipicios de mi nunca más, hacia un lugar ácrata, rizomático y común. Mantener una armonía, un tono, que no me escalabre por los susurros de Monstruo. Que no me haga un mentirosa. Que no me haga callar. Que no me haga guardar secretos. Ni grietas de arenas movedizas anegando los rostros con aullares de bichos sin madre.