Ardidos

Para que de verdad esté contenta. Para que me sienta, bonita, jóven, ácrata, libre, inmortal, infinita, tengo que salvar el corazón de Franquestein. Perdonar sus malos modales. Su bruta inocencia. Su soledad de carámbano y cicuta. Viví muchos años, con las jaulas del capitalismo, señalándome, monstruo, fea, loca, gorda, amorfa, indecente, perversa, ilegal. Y a veces, en los momentos bajos, me sentí muy pequeña y horrible. A veces, en las miradas feas de la gente que no ve a Fauno, me sentí el reflejo de toda su oscuridad. Y me miré a mí misma, como si fuera una enfermedad. Y quise destruirme. Y a veces, cuando vuelvo a oir, aquellos discursos que quieren matar a mi loba, sino estoy junto a Tigre, vuelvo a sentirme una suicida. Vuelvo a irme con Cuervo, donde nunca existió la humanidad. Para que de verdad vuele junto a la mar, libre, entera, rizomática, selva, tengo que sacar a bailar a mi Franquestein y llenarlo de pistolas de madera, de molotov, de flores de astro. A veces, sin darme cuenta, cuando siento que alguien no me ama,  que me juzga, que me encierra en sus ojos, caigo, como un pozo sin fondo y sin fe y me siento la persona más horrible y sola de la tierra. Y para que esté contenta, sólo yo, puedo amar a mi Franquestein, aunque a todo el resto de los mortales, les parezca horrible. Sólo yo puedo salvar su corazón y su trinchera. Sólo yo puedo emponderarlo con la belleza del filo, del barracón, del abajo, del soplo de los dragones. Sólo yo, puedo cubrir ese amor. Para que nunca más se sienta solo ni herido. Para que aquellos que han perdido a Fauno no puedan nunca más hacerme daño.