Ardidos

Hoy volví a sentir ese olor. Me provocó una avalancha de ensueños. No sé de qué lejanías viene. Es un olor de sexo, de blues y luna llena, de celo de mandrágora, es el olor de un hombre indefinido que derrite el cristal de mi vaso. Ese olor se me pegó aquella noche de juerga. Viene en forma de alucinación y abre mi salón de baile sobre un piano que aún no ha olido mi sangre.

No sé exactamente qué ocurrió aquella noche. Y no importa. En el renglón de esa farola entre la niebla, no acudió la lágrima a contar las arrugas de los olivos. Fue la dinamita. Pasó todo muy deprisa. Su risa, era mi pecado. Mi risa, era una herejía envuelta por absenta y errores de toda clase.

He hablado ahora con él. Hablamos un poco y salió el recuerdo de aquella noche y le dije, perdona aquellos desvaríos, yo de sobria no soy así. Él me dijo, ya eso dicen todas. Le dije, yo de sobria te quiero bien, de ebria pierdo el timón, el barco y todo, me hago un aquelarre de cavernícolas. Tengo ganas de hablar contigo más de cerca, junto al mar o en el bosque y que nos sintamos desnudos y claros y que te fíes de mí. Y él me hizo sonreír y amarle. 

Nuestro problema, es que no sabemos gestionar muy bien las hogueras de las que venimos. Las corazas. Los zarpazos de felino. La relación abierta. Nuestro instinto de la venganza de Lilith. Nuestra innata infidelidad y mutua desconfianza al compartir el mismo animal salvaje. Y si él no me agarra fuerte la mano yo no agarro la suya, y si yo no agarro suya, él me suelta y entonces somos vagabundos. Yo lo quiero. Quiero que le besen todas las estrellas, quiero su felicidad, su alegría. Aunque a veces, me excite el baile de los desconocidos. Aunque a veces juegue a irme con cualquiera que me ofrezca un tequila y una canción. 

Los dos nos conocimos y nos amamos apasionadamente, vengándonos del amor, de las cadenas, del ser humano, de la tierra.
Los dos, nos hicimos el amor y la guerra.
Los dos, nos abandonamos y nos condenamos a la libertad e inmensidad de la mar.

Y ahora que nos queremos, nos duele, nos arde el corazón, el deseo, las ganas.... y las dudas.
Y no sabemos domesticar a aquellos animales antipátridas y viscerales.

Y a veces, sabemos bailar pegados y descifrar la luz del firmamento como la primera flor entre nuestras pieles.
Y a veces, volvemos a ser, dos herejes del amor, nihilistas, desapegados, adúlteros, locos del amor del fuego y el polvo.

Quiero que él se fíe de mí. Y a veces sin querer hago justo lo contrario a lo que debería hacer para que eso ocurriera. Porque también a veces tengo miedo a que él no me quiera, a que me haga daño. Y mi coraza y mi delirio de los cavernícolas y el alcohol, me desposa al fuego para que nadie pueda herirme. Si sintiera desde su pecho un poema peremne, si sintiera que él me ama con todos los universos, tal vez, le abriría mi playa y me quedaría sólo junto a sus olas. Mientras, somos vagabundos. Y a veces sin querer nos profanamos. Pero sé que le amo.


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