Ardidos

Soy triste. 
Soy melancólica.
Soy atormentada.
Desde que mi amor y mis sueños, no tenían tierra en la tierra.
Desde que mis ojos, no tenían ojos donde echar el grito y que fuera un nuevo mundo.
Y a partir de ahora, voy a ser mucho más triste, voy a perseguir hasta la raíz el fondo de mi quebranto. Y desde su infierno, voy a encender la hoguera. 

Yo no nací con ese dolor.
Lo pusieron ellos.
Los adultos, los domesticados por el capitalismo y el miedo. Lo puso la injusticia social, el esperpento de la cultura, el egoismo, la avaricia, la maldad, la hipocresía y el instinto de dominación, la mezquindad de lo humano, lo pusieron los que maltrataban al Lobo de Gubia cuando era manso. Lo pusieron las correas del manicomio, la policía, la violencia, la tristeza de que gobernara el crimen y de que los sueños y las luchas de nuestras abuelas, estuvieran pudriéndose inmemoriadas en las cunetas y en las nuevas urnas del oprobio y la usura. 

El fondo de mi dolor, vino contra mi naturaleza, desde la superficie.

Yo lo hice mío.
Me fui al río del olvido, atravesé los confines del infierno, de la locura, del exilio, me conecté con la cucaracha de Kafka, con la revolución metafísica del fragor del autismo. Bajé hasta el éter de mi hueso, lo mordí, lo tragué. Y en su resplandor, no había nada mío, allí abajo yo era humo, era fuego etéreo y polvo. 

Porque la raíz de mi dolor, no era la muerte, no era el abismo efervescente de mi inconsciente ni mi pesadilla surrealista, era la humanidad.

Y ese dolor, no se va nunca.
Aunque huyas al monte.
Aunque quieras vivir sólo con los bonobos. Aunque te hagas el viaje del ayahuaska en busca del estrépito del fragor cósmico.

Por eso, ya no quiero, comprar soma para mi dolor. Ya no quiero quimeras.

Quiero que mi dolor, sea mi barricada.

Quiero que mi dolor, sea mi rebeldía y la furia para trascenderlo, con él muy dentro de mí, con él en mi sangre y en mi pecho, como mi único aliado.

La única forma de trascender ese dolor, es hacer la revuelta. Es acabar con el crimen que lo originó. Y el crimen es la ley y los tribunales de injusticia y la policía y los ejércitos y la cultura de la alienación y del serrín por cerebro que propaga la clase alta y multimillonaria que lleva todo lo mezquino y criminal de lo humano dentro, avasallando nuestros sueños, el bien, el amor, la igualdad, la naturaleza y nuestro territorio común que en realidad no es nuestro, porque no es de nadie.