Ardidos

Tengo una personalidad de yonqui, ante la huella, ante el canto, ante la Luna y el amor y el espanto y la metafísica y las flores y las cucarachas. Y nunca me acostumbro a mí y a esa sed de los dragones.

Aquella noche con él en el bosque, desnudos bajo las estrellas. Nos habíamos amado ya dos veces. Y yo volví a empezar y nuestros preliminares suelen ser empujones y puñetazos y mordiscos. Y él me hizo llegar con sus dedos. Y floté y reí y volví a hacerme zen y a quedarme contenta y amorosa y acuosa como una nube y luego hablando él me dijo, cómo eres tan ardiente y compulsiva, necesitas continuamente fuego para estar tranquila. 

Y es verdad. Tengo muy dentro el instinto de Marte. Tengo siempre dinamita en mi corazón. Eso hace que mi vida sea una ruleta rusa, una tragicomedia, un órdago a la muerte, una explosión de emociones huérfanas y quijotescas. Eso hace que me sea muy díficil estar en paz. Y sólo me siento plena en la apoteosis del fuego. Por eso bebo tanto vino. Por eso escribo tanto. Por eso siempre muerdo un cacho del cielo y del infierno y se me atraganta en mi pecho y me hace, avalancha y vagabunda. Por eso nunca nada es suficiente y mi íntimo enemigo es la realidad. 
 

Y para trascender ese instinto que en realidad es mi desgracia, necesito, la mesura, el camino del medio, necesito un milagro que me haga un exorcismo.

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