Ardidos

Eran cientos de rostros de humo y queroseno.
Huesos de sima. Articulaciones de la brecha truncando mi vacío.
Palabra impenetrable del hueco dándole forma a la carne.
Sueños de olvidados rompiendo suicidas en la madre.

Ella limpiaba tus harapos.
Lavaba tus heridas del secano y cuarcita.
Te dejaba dormir borracho contra su suelo.
Y cuando ya no se podía caer más abajo
levantaba al diablo entre sus senos
para amamantarte el único canto que fuera del olvido
y prenderte crepúsculo contra el espanto.

Yo, sólo te elegí a ti
para darle un cuerpo al éter.
Una graduación al vino.
Una paleta de pinturas a la apostasia del sepulto.
Cuerdas vocales al aullido.
Un motivo a la nada.
Un amor, a los finales.

No era como ella.
Mis brazos te retorcían la asfixiante hiedra de los que no dan nada y nada se llevan.

Delata tu amor en su regazo.
Acá ven sólo a perder o a robar.