Ardidos

 Anoche, no dejaba de escuchar el himno de riego, sólo yo lo escuchaba. Era extraño saber que era una alucinación y oírlo tan nítido y a la vez lejano. Como si viniera del año 1936. Como si rompiera tras valles lejanísimos y quisiera que saliera a caminar. Ocurrió porque me había dado la náusea de las luces y en lugar de anudarme en la tensión me relajé. Y entonces se puso en marcha lo onírico. La náusea de las luces es lo que me vincula a la locura. Anoche sentí que estaba en un espacio anacrónico. Sentía extraños deja vus cuánticos, sin línea del tiempo. Una sensación de que estaba encerrada en un lugar imposible, en un tiempo incontinuable y a la vez eterno. Si lograra relajarme del todo en esos momentos, se volvería algo muy placentero y mágico. Pero el zarpazo de la extrañeza hace que esa experiencia sienta la amenaza de la desintegración y el soplo de la muerte.