Ardidos

No está definido el cauce que romperá ese verso.
Todo flota por los aires expresionistas que las procesionarias lloran en los pinos que nos dan sombra y lienzo.
Tu caja de madera sigue bajando el río de mi olvido.
No está en mis manos detenerla.
Partió junto al canto que secaste en mi hueso como el golpe seco del nacimiento de otro destino. Sólo tú podrías nacerte otra vez llama en los murmullos, amor sobre las ruinas, quizá de mandrágora en mi todavía.
No seremos los mismos.
Pariste un cuchillo que te apuñalaba en mi corazón.
Pero sé amar a los muertos.
Romper el cáliz del cielo y abajo del abajo, donde siempre nos condenaron, dar mis senos a la fe.
Sé lamer los callejones. Acostarme con las tumbas. Velar por las ratas que abandonan el barco cuando la galerna impone saltar al vacío. Cuando no te puedes fiar de nadie. Cuando tu culpa es la misma que la mía y jamás la asumiremos porque hijos del viento sólo tuvimos poesía. Porque nadie escapará del beso de la inexistencia.
Hoy te disfraza un cadáver en mis luces de san telmo.
Mis barcos zarparon mar adentro sin esperar por ti. El olor de aquél réquiem alzaba las velas. Mástiles de barro y ayahuaska izaban al salvaje poseidón tus desmemorias.
Cuando volviste, no sé si la mar volvió.
Cuando llenaste mi vaso de vino, no sé dónde estaba mi sed que lo bebió.
No sé si fue cierto que me tocaste.
La tormenta de Comala escupía arena entre los dos.
Si hoy me amas, has de bailar con las sombras y las lanzas.
Desenterrar de mi pecho el cuchillo que te mató.
Plantarlo junto a la flor que una vez trajiste a mi jardín.  Esperar que ese perro que nos ama a los dos meé encima y traiga la huesera.
Y la mar nos halle, aunque ya no piense nunca más en tu puerto.